Un tranvía llamado medianoche

 

Estaba a punto de tomar el tranvía para bajarme cerca de un parque hermoso con luces blancas ese parque es maravilloso porque tiene unos verdes muy impresionantes y en la parte del centro un reloj con manecillas de oro y hermosas flores de colores junto con rocas de río. Es algo espectacular y al mismo muy romántico. En eso y siendo las 8 de la noche vi a lo lejos la silueta de un hombre alto, bien formado y acercándome más a el vi su piel bronceada y esos ojos azules que desbordaban alegría al verme feliz junto a él.





De pronto y como por arte de magia él empezó a besar mis labios carnositos, mis labios vivos que en silencio decían... bésame...abrázame. Nuestros ojos se miraron fijamente de pronto y sin pensarlo estábamos en una parte del parque muy privada y al mismo tiempo luminosa a medias. Empezó a besar mis labios, acariciar mi pecho y espalda en eso sentí como empezaba a quitarme los jeans y acariciar mi bocado una y otra vez hasta que me dejo bastante excitada y con vida más que propia. Por otro lado, yo también lo besaba, mis manos recorrían su apuesto cuerpo dejando casi nada a la imaginación empecé a morder su pecho y ombligo y con un vaivén impresionante empecé a excitarme al sentir su bocado friccionando el mío y todas las posiciones se nos vinieron a la mente una y otra vez hasta que pudimos hacerlas y explotar en mil pedazos de lava incandescente que solo las luciérnagas y grillos se daban cuenta de cómo nos disfrutábamos juntos.

Nuestra miel iluminaba nuestros cuerpos, sentíamos un calor super incandescente que solo los fuegos artificiales iluminaban nuestro ser. Fue un día lleno de apasionados besos, delirantes y jugosos deseos con un sabor parecido a la fresa con frambuesa y destellantes sabores a lujuria y pasión.

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